Hay hombres, también mujeres, que “mucho ruido y pocas nueces”. En general somos todos algo fanfarrones. Nos solemos hacer ilusiones, casi delirantes, sobre lo guapos, lo inteligentes, lo importantes, lo interesantes que somos. Cuando, en general, nuestras vidas carecen del más mínimo interés. La mayoría de nosotros, por no decir casi todos, estamos convencidos que conducimos mucho mejor que la media. Por otra parte no he conocido a ningún estúpido que, a su vez, no se creyese muy inteligente. Seguramente es una marca genética. Con toda probabilidad existe el gen “soy el mejor”. Aceptando la existencia del gen Narciso, la cuestión sería: ¿Nos ayuda a vivir? Estoy convencido que sí. Diría que es el opio que necesitamos, para seguir esperando felices primaveras. Aceptar que somos igual de feos, igual de gordos, igual de bordes, igual de pobres, que el vecino del quinto, no es tarea fácil. Necesitamos creer que somos un poco más guapos, un poco más altos, que la tenemos un poco más larga. Creer, seguramente no hay otra palabra con un significado tan puramente humano. Massana me dijo una vez: “El hombre no es un animal que piensa, el hombre es un animal que cree”. Antes creíamos en Afrodita, o en aquel dormilón dios Morfeo; hoy están más de moda Buda, Cristo, o un buen crecepelo. La cuestión es creer, creer y esperar, y mientras tanto dejar la vida pasar...